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martes, 5 de noviembre de 2013

CANYON DE LA MEIJE INFERIOR



18 de octubre. El termómero apenas superaba los cero grados cuando llegamos a La Grave. Al bajar del coche, a la salida del barranco, nuestra vista se dirigió primero hacia lo alto. Por encima del verde de los prados y los bosques, se alzaba un imponente reino blanco de roca y hielo, fuente de alimento del monstruo en cuyas fauces nos íbamos a meter. Bajo el glaciar de la Meije se adivinaba la cicatriz zigzagueante del cañón, de la que salía un rugido estremecedor y emocionante a la vez: el estruendo de muchos metros cúbicos de agua precipitándose salvajemente cañón abajo.

Por suerte para nosotros, una vez vista la última cascada habíamos comprobado que su caudal era, por decirlo así, moderado. Eso, sin embargo, no quería decir que el descenso fuera fácil, ni que su caudal fuera bajo, ni que dejara de generar problemas. Barrancos como éste nunca van flojos, nunca son fáciles, nunca dejan de generar problemas. Además, al caudal siempre elevado hay que añadirle otro handicap: el frío. Para que el caudal sea adecuado tiene que hacer frío, y este se hace muy presente en pies, manos y cara a medida que pasan los minutos allí dentro. Por último, y por si no fuera poco, debe tenerse en cuenta un tercer elemento: el compromiso. El barranco no ofrece escapes, de forma que una vez dentro no queda otra opción que llegar hasta el final.

Aún así, a fecha de hoy el barranco es menos peligroso de lo que podría llegar a ser. Incluso con este caudal relativamente moderado para lo que es habitual, las venas son muy fuertes, se generan movimientos de aguas vivas por todas partes y la espuma lo cubre todo. Sin embargo, muchas pozas que tiempo atrás eran peligrosas están hoy rellenas de grava y apenas cubren. La próxima crecida, a pesar de todo, podría cambiar las condiciones y la profundidad, de forma que no podemos confiarnos.

El descenso empieza con rápeles y resaltes de poca altura, para ir ganando inclinación a medida que se avanza. Aún así, los rápeles no llegan nunca a superar los dieciséis metros.

Primeras dificultades
¿Cubre? En este caso sí


No se tarda en llegar al primer paso característico. Al salir de una poza situada bajo unos bloques empotrados, encontramos un rápel acanalado, en cuyo final la fuerza del agua atraviesa la pared por un agujero redondo. Como si fuera una lavadora en marcha de la que nos hubiéramos dejado la puerta abierta. Puede evitarse, pero nosotros escogimos atravesar la "puerta" para llegar a la reunión del rápel siguiente, situada al otro lado.

Saliendo del agujero para ir a buscar la siguiente reunión

Desde la repisa en la que nos deja ese agujero, aún hay que sortear una fortísima vena para llegar a la poza de recepción. Poza que, por lo que sabemos, era problemática cuando cubría, pero en la que hoy se hace pie.

Una poza venida a menos hasta que la próxima crecida le devuelva su peligrosidad

Poco más allá está el siguiente paso famoso: el lavavajillas. De nuevo estamos ante una poza agujereada en su salida, muy agitada en la recepción y con un árbol empotrado en su interior que no ayuda. No obstante, no cubre.

A punto de probar el lavavajillas

Un par de rápeles después del lavavajillas, llegamos al siguiente electrodoméstico: la lavadora. Desde la reunión de acceso, situada en una repisa herbosa a la derecha, la vista de lo que nos espera abajo no invita precisamente a caer dentro. Para evitarlo existe un desviador, aunque como alternativa, puede montarse también un guiado a mochila -quizá más sencillo-. Nosotros probamos las dos cosas.

Alcanzando el desviador que permite evitar la lavadora

Superado este paso, la reseña indica un rápel de cuatro metros y, a continuación, otro de diez. En este último encontramos aplastado el único químico que formaba la reunión. Su alternativa, descolgarnos desde un cordino instalado bajo la presa de troncos que forma la cascada, nos pareció demasiado precaria, por lo que bajamos ambos rápeles del tirón desde la instalación superior.

El rápel sin reunión aprieta, pero no ahoga
 
Dos vistas más del mismo rápel, desde arriba...
...y desde abajo
























Tras unas horas intensas, ya hemos llegado al final. El barranco gira y se intuyen los últimos pasos. Los dos rápeles finales, que permiten evitar el agua y los problemas, ponen un broche magnífico a un descenso duro pero intenso, de los que dejan un recuerdo duradero.

Rápel de doce metros que da acceso a la última reunión del descenso

 
Datos de interés
Última cascada, checkpoint del descenso

Cotación: MD+, v5a5IV

Acceso desde: La Grave (Hautes Alpes, Francia)

Aproximación: Desde le Bourg d'Oisans, y poco antes de llegar a La Grave por la carretera N91, veremos a la izquierda la gran cascada final del canyon du Ga. Por la derecha, tomaremos una carretera descendente que cruza al otro lado del río. La seguiremos hasta llegar a un puente que cruza sobre el cañón de la Meije. Aparcaremos allí, y por la derecha orográfica del barranco seguiremos un sendero que en aproximadamente 30 minutos nos llevará a un puente que cruza el cañón. El descenso empieza aquí.

Descenso: De 3 a 4 h, según grupo y caudal.

Retorno: Tras la última cascada, saldremos del cauce por la izquierda y tomaremos un sendero que nos devolverá al coche de forma inmediata. 

Material: cuerdas 2x25 m

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