domingo, 6 de enero de 2019

SAUFLA INFERIOR


- ¡Lástima que no podáis quedaros más días! Si pudiera, ¡me quedaría una semana más barranqueando! - dijo Javi al principio del que era su primer viaje a la Suiza glaciar.

- Sí, sí... Dentro de cuatro días volvemos a hablar del tema, a ver si te estarías quince días seguidos haciendo barrancos aquí. - respondí yo. 

Y es que la experiencia es un grado. Las temperaturas fueron bajando gradualmente, y al cuarto día de actividad amanecimos con la furgoneta -y todo lo que había fuera de ella- congelado. Javi había dejado su neopreno tendido en el exterior toda la noche, de manera que ahora estaba helado, acartonado. Sus ganas de barranquear también se habían ido acartonando con el paso de los días y ya le empezaba a costar. ¡A él y al resto! El frío empezaba a hacer mella, pero había que hacer un último esfuerzo. Bajamos a Champéry y mientras el neopreno se descongelaba frente al radiador nos tomamos un café. O dos. 

hielo y nieve en el inicio del descenso
El objetivo del día, y último del viaje, era el tramo inferior del barranco de Saufla, en el cantón francófono de Valais. Es un descenso intenso desde el principio, muy encajado en su primera mitad, sin escape posible en ese tramo y al que se debe temer con caudal elevado. Antes de acometer el primer rápel ya se ve la cabecera del segundo, con su pasamanos colgado y el cruce de vena a mitad de descenso. Es quizá el paso más vistoso, sin duda, pero no el más problemático, porque más adelante toca afrontar rápeles de hasta 25 metros por grietas y pasillos de poco más de un metro de ancho, con troncos de por medio e incluso algún sifón. Mucho ojo, pues: será necesario esperar a septiembre u octubre para encontrar un caudal que nos permita entrar. El volumen de agua será el que decida si nuestro descenso es una tortura o poco más que un paseo militar.

La primera mitad del descenso atraviesa la zona conocida como Le Roc Coupé (la roca cortada). Es una joya, un bonito espectáculo... pero nada es eterno. Pasado el rápel de 25 metros las paredes se separan y el descenso, que hasta ese momento es tremendamente deportivo, se toma un tiempo muerto. Ciento cincuenta metros de caminata y destrepes por cauce abierto conducen a una nueva sección de rápeles que ya no será como la anterior. Varios rápeles de entre cuatro y diez metros, en un entorno algo caótico, llevan hasta la última cascada. Un rápel de veinte metros y una badina enronada ponen el broche a un descenso con un inicio impresionante. ¡Lástima que no sea así hasta el final!



el pasamanos colgado del segundo rápel
el segundo rápel exige cruzar una vena muy concentrada


rápel estrecho, caudal concentrado y tronco esperando
pasillo estrecho


último rápel de la zona encajada
segunda parte, más abierta y caótica


rápel de veinte metros con el que acaba el descenso

Finalizado el descenso, recogido el material y cargada la furgoneta, volvimos al bar en el que habíamos empezado el día para recuperar fuerzas tomando algo caliente.

- En Barcelona había mucho... mucho de todo. -  Dijo la camarera mientras esbozaba una sonrisa y miraba para otro lado. La mujer, portuguesa, nos explicó que había vivido en la Costa del Sol, en Barcelona, en Suiza y no sé cuántos sitios más. Nos hizo un retrato de los suizos que no repetiré para que no pierda el trabajo. La señora, que tenía más mili que el palo de la bandera, hablaba con socarronería, pero en sus palabras se adivinaba un cierto poso de amargura.

Es curioso: en todos estos viajes a Suiza -y ya van unos cuantos- las personas más interesantes con las que me he cruzado siempre han sido emigrantes: gente de paso o forasteros que han acabado instalándose allí, piezas que no encajan del todo bien y que parecen alegrarse cuando se cruzan con alguien del sur con quien poder hablar. 

El paisaje humano es muchas veces más interesante que el físico.


el neopreno, desacartonándose
Datos de interés

Fecha del descenso: 19/10/2018

Dificultad: v5 a5 V

Acceso desde: Champéry (Valais, Suiza)

Aproximación: Desde Champéry seguiremos carretera arriba, cruzaremos un pequeño puente sobre el río principal del valle y trescientos metros más allá encontraremos otro puente, esta vez sobre el río Saufla. Justo después de cruzarlo torceremos a la izquierda y seguiremos paralelos al río. Cuando la carretera empiece a trazar una curva hacia la derecha, alejándose del cauce, torceremos a la izquierda por una pista y la seguiremos hasta llegar a un nuevo puente. Aquí aparcaremos.

Una vez a pie, tomaremos un sendero que asciende por la izquierda orográfica del río. Tras unos minutos de marcha, cruzaremos por un puente a la otra orilla, y ascenderemos fuertemente por un camino tallado en la roca. Avanzaremos rodeados de bosque hasta alcanzar unos prados inclinados, desde los que puede verse al fondo la cascada de Saufla, de cincuenta metros, en la que finaliza la parte superior. Al fondo de los prados, y hacia la derecha, tomaremos un sendero menos marcado por el que alcanzaremos el cauce en diez minutos. Tiempo total de acceso, una hora.

Descenso: 3 horas según reseña.

Retorno: Después del último rápel, saldremos del cauce por la derecha y tomaremos un sendero que nos devolverá al camino de aproximación y al puente en el que dejamos el coche en aproximadamente 10 minutos.

Rápel más largo: 25 m

Material: cuerdas 2 x 25 m, neopreno completo.

Observaciones: Algunos rápeles son bastante estrechos y canalizados. Atención, por tanto, al caudal.

Lo mejor: una primera mitad caudalosa, formada y con mucho ambiente.

Lo peor: una segunda mitad abierta, rota y menos interesante.

Valoración personal (de 0 a 4): 3'2


lunes, 31 de diciembre de 2018

SEGNES


Directos al grano. Varios años ya viajando a Suiza, rozándolo con la yema de los dedos y viéndolo escapar. La lluvia en 2015, el calor en 2016... y en 2018, si nos descuidamos, se nos pasa el arroz. Sin embargo, era el primer objetivo de nuestra lista para este año. Horas frente al ordenador controlando webcams, aforos y la meteo pasada, presente y futura. Horas tras el volante de la furgoneta cruzando Francia y Suiza. Y todo para plantarnos frente a la bestia el primer día de nuestro viaje, cuanto antes, para no darle la oportunidad de cubrirse de hielo, de blindarse, de volverse inexpugnable.

¡Ahí estábamos! Frente al mítico Segnes, el que para muchos es el mejor de los barrancos glaciares suizos. Había oído y leído tanto que esperaba que no me decepcionara. 

ganando altura durante la aproximación
Reunido el equipo, echamos a andar. Había nieve y hacía frío, pero lo justo, sin excesos, y el sol brillaba casi obscenamente. Una vez arriba, nos cambiamos sobre unas piedras y entramos al pasillo en el que nítidamente empieza el descenso. Hacía días de la primera y última nevada, de manera que el caudal era muy asequible; sin embargo las noches en altura se mantenían despejadas y frías, por lo que ya habían aparecido las heladas y el verglás. 


 


Los primeros pasos en el Segnes me recordaron terriblemente al Vorab: una zanja de paredes oscuras, retorcidas, llenas de aristas, puentes y recovecos, con el cielo apenas a dos o tres metros por encima de tu cabeza. La sensación era de poderte largar en cualquier momento, pero poco a poco las paredes se elevaron, la luz disminuyó y la ratonera dejó de tener escapatoria. En ocasiones había que buscar el paso ¿por el agua? ¿por encima del bloque? ¿por debajo? Las paredes se estrechaban tanto que había que pasar de lado, sin mochila, y vigilando que ésta no se quedara empotrada.

El sol brillaba fuera, allí arriba, y hacía que el monstruo no pareciera tan terrible. Sin embargo, al acariciar su lomo lo encontramos terriblemente viscoso, resbaladizo. Una fina capa de hielo recubría algunas zonas, no demasiadas por suerte. Dificultaba algunas trepadas, y en uno de los rápeles nos causó algunos problemas. La grieta de salida de la poza, ya estrecha de por sí, era más estrecha aún: forrada de hielo apenas dejaba espacio para nuestros cuerpos, así que nos escurrimos por ella trantando de encajar como una pieza más en el puzzle.


agua y estrecheces para salir de la poza
¡el sol entrando en el cañón!

Llegamos a las cuerdas que habíamos dejado en el escape, e intuímos ya el tremendo valle glaciar en el que culmina el descenso. El punto nos indicaba que afrontábamos la parte final, la más abierta pero también la más vertical y, en esta ocasión, cubierta de hielo. Instalamos la vertical y salimos a la pared, bajando con cuidado mientras el agua arrancaba algunos cascotes de hielo de la pared y los lanzaba contra nosotros, como enfadado.


encarando el tramo más vertical del descenso
el hielo recubre esta parte y la hace muy resbaladiza

Andrej, entre paredes recubiertas de verglás
 
Sin más problemas que lo resbaladizo de este rincón, encaramos ya la recta final del descenso. Un par de rápeles, los que se ven desde la salida del barranco, y estábamos fuera.


Asomándonos al vacío. El Segnes presenta un encajamiento asombroso y, al mismo tiempo, unas vistas impresionantes.



¡misión cumplida!
Llegaba la hora de responderme a mí mismo. ¿Ha satisfecho tus expectativas? ¿Es el mejor de los barrancos glaciares que has hecho?

Me he tomado mi tiempo para responderme. Segnes es un descenso extraordinario, retorcido, y presenta esas formas increíbles que sólo el hielo, trabajando la roca durante milenios, es capaz de excavar. Además, el entorno es brutal, alpino, invernal, con ese enorme valle glaciar esperando abajo envuelto por un silencio absoluto... ¡Claro que satisfizo mis expectativas! Y sin embargo, no puedo decir que sea el mejor de los que conozco. En la opinión que cada uno de nosotros se forma de un barranco influyen muchos factores: el entorno, las condiciones del día escogido (caudal, nieve, etc.), el desarrollo de la actividad, incluso el estado de ánimo de aquel día. Todo cuenta. Y sé que es difícil nadar contra corriente, pero el único pez que no lo hace es el que está muerto. Muchos no estarán de acuerdo pero, para mí, por ahora el primero del ránking seguirá siendo el Gamchi.



 
Datos de interés

Fecha del descenso: 16/10/2018

Dificultad: v5 a5 VI

Acceso desde: Flims (Grisones)

Aproximación: El barranco se encuentra en el interior del dominio esquiable de Flims-Laax, y la circulación en vehículo particular por sus pistas está prohibida. Para acceder legalmente al descenso tendremos que dejar nuestro coche en la estación de los remontes mecánicos de Laax, y tomar allí el autobús que sube a Nagens, o bien subir con el telecabina. Ojo, porque ninguno de los dos está disponible todo el año. Si optamos por el autobús bajaremos en Alp Nagens, la penúltima parada, y desde allí descenderemos por una pista, unos metros más abajo, que conduce a un pequeño lago. Lo bordearemos y al fondo tomaremos un sendero. Tras un breve ascenso, bajaremos al valle glaciar cerca del final del barranco. El camino remonta por la izquierda orográfica hasta lo alto, donde sólo hay que tender a la izquierda para ir a buscar el estrecho en el que se inicia el descenso. Tiempo total, 1h 15 min.

Descenso: 4 horas según reseña.

Retorno: Tras el descenso, a la izquierda se recupera enseguida el camino de acceso. Volver a Alp Nagens nos llevará unos 30 minutos.

Rápel más largo: 60 m

Material: cuerdas 2 x 60 m, neopreno completo. Si el día es oscuro, un frontal nos irá muy bien en la zona más estrecha.

Observaciones
- Durante la aproximación, a media subida, encontraremos un desvío que conduce directamente a la grieta, y sobre el abismo, una reunión. Esta nos permite equipar una vía de escape justo antes de la parte más vertical. Si llevamos diferentes cuerdas, dejando aquí las largas evitaremos tener que cargar con ellas durante el resto de la aproximación y la parte superior del descenso.
- Atención a las temperaturas de los días previos al descenso: la formación de hielo en el interior del barranco estrecha aún más sus paredes y puede hacer realmente dificil superar algunos pasos.

Lo mejor: descenso excepcional, laberíntico y de formas caprichosas.

Lo peor: Si la temporada empieza tarde, no habrá autobuses ni telecabinas con los que subir a Alp Nagens.

Valoración personal (de 0 a 4): 3'9





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